
"Podemos observar una diferencia considerable en los juegos de la antigüedad: los griegos más eminentes participaban en ellos, en tanto que los romanos fueron meros espectadores. (...) un senador e incluso un ciudadano, conscientes de su dignidad, se hubieran ruborizado al mostrar su persona o sus caballos en el circo de Roma. Los juegos se desarrollaban con cargo a la república, los magistrados o los emperadores, pero las riendas se abandonaban a manos serviles; y si los beneficios del auriga predilecto algunas veces superaban a los de un abogado, debemos considerar ese hecho como consecuencia de los excesos del pueblo, como un salario alto para compensar una profesión vergonzosa".
(La ilustración muestra un mosaico del Museo Romano de Mérida).
Edward Gibbon, "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano". Barcelona, Alba, 2000; p.463.




