-Dentro de mi años- le susurró el demonio al monje- ese cuero tan bello, tan dúctil, sobre el que escribes sin descanso hermosas letras, sólo servirá para fabricar pelotas llenas de aire con las que los ociosos perderán sus minutos y sus monedas.
El monje se despertó sobresaltado. Había sido sólo una pesadilla. Suspiró, aliviado, y volvió a dormirse, no sin antes sonreír para sus adentros.
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